Por muchos siglos, en Jerusalén y en otros continentes, se celebra el 3 de mayo el hallazgo de la Santa Cruz.
Nos narra el teólogo e historiador griego Eusebio de Cesarea que el general Constantino, hijo de Santa Elena, la noche anterior a la batalla que iba a sostener en contra de Magencio, Marco Aurelio Valerio, jefe de Roma, tuvo un sueño y en él vio una cruz luminosa en los aires y oyó una voz que le decía: “Con este signo vencerás”. Constantino mandó colocar la cruz en las banderas de los batallones y exclamó: “Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena”. Fue a la batalla y obtuvo una victoria total, dio libertad a los cristianos antes perseguidos por gobernantes paganos.
San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia de Oriente, Patriarca de Constantinopla, célebre por su elocuencia y San Ambrosio, Padre de la Iglesia Latina que convirtió a San Agustín, nos narran que Santa Elena, la madre del Emperador Constantino, obtuvo el permiso de éste para buscar en Jerusalén la cruz en que murió Jesús y después de varias excavaciones profundas, el año 324, encontró tres cruces y para poder distinguir la cruz de Cristo de las otras dos, llevaron a una mujer agonizante. Al tocar la primera cruz, la enferma agravó; al tocarla la segunda quedó igual de enferma que como estaba antes, pero al tocar la tercera, recuperó al momento la salud.
Santa Elena y el Obispo de Jerusalén, Macario, y miles de personas llevaron la cruz en procesión por las calles y encontrando a una mujer viuda que llevaba su hijo muerto a enterrar, acercaron el féretro a la cruz y el muerto resucitó.
En tierras de Nueva España, desde la expedición de Fernández de Córdoba y de Juan de Grijalva, encontraron en Cozumel, el 3 de mayo de 1518, algunos monumentos que pudieran tomarse como cristianos y Bernal Díaz del Castillo refiriéndose a la primera expedición, dice que en el adoratorio de Cozumel a una y otra parte de los ídolos tenían unas señales a manera de cruces y el Capellán de Grijalva dice terminantemente: “Adoran una cruz de mármol que encima tiene una corona de oro y dicen que en ella murió uno que es más lúcido y resplandeciente que e! sol”.
Célebres también son las cruces de Palenque, de Tepic, de Querétaro y de Huatulco; de esta nos ocuparemos.- En el siglo XVII, a la llegada de los españoles, los nativos de este lugar les mostraron una cruz, que según el historiador Francisco Burgoa, un santo anciano la había plantado a orillas del mar quince siglos antes.
En 1587 el Pirata Inglés Tomás Candish llegó a Huatulco, puerto que fue importante en el Pacífico antes del de Acapulco. Tomás pretendió destruir esta cruz por considerarla como un ídolo a quienes los nativos adoraban. Hachas, sierras y fuego no lograron el intento del pirata, la cruz permaneció intacta.
En 1612, el Obispo de Oaxaca Juan de Cervantes, hizo trasladar la cruz de Huatulco a Oaxaca, la colocó en una capilla de la Catedral y con un pedazo de esta cruz, obsequió una cruz pequeña al Papa Pablo V.
En 1673 se fundó el Seminario de la Santa Cruz en Oaxaca.
En la República Mexicana, la devoción a la Santa Cruz se debe a Fray Pedro de Gante y desde entonces la Santa Cruz se colocó en las alturas de algunos templos, en los montes y, en nuestros días, los contratistas, el 3 de mayo, las colocan en sus obras, adornadas de flores naturales o de papel.
En Tonalá, parroquia de la Diócesis de Huajuapan, desde el 3 de Mayo se venera desde muchos años a la Santa Cruz extraída de una cueva de Tindú por un preso sentenciado a la pena de muerte, a quien se le perdonó la vida pero a los tres días murió de una fiebre fulminante.
Finalmente, la cruz en los camposantos, donde descansan los cuerpos humanos, es la expresión de la fe de quienes vivieron esperando despertar a la vida eterna.



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