En Memoria del Paso de las Reliquias de Juan Pablo II


 

 

Pbro. Porfirio Franco Ortiz
Que todo mundo tiene una espiritualidad, es indudable. Porque la espiritualidad está constituida por las motivaciones que tenemos, por los ideales que rondan en nuestra cabeza, por los sentimientos que predominan en nosotros. La espiritualidad es algo inherente a cada individuo, sea quien sea. En la espiritualidad influye nuestra textura física (no siempre), el ambiente en que nos desenvolvemos y la familia, sobre todo.
Todos tenemos nuestra espiritualidad, es decir, nuestras ideas, nuestros objetivos, nuestra mentalidad. La mentalidad es la espiritualidad. También son parte de nuestra espiritualidad nuestros traumas, nuestros complejos; a veces, nuestros prejuicios y nuestra ignorancia. Por ignorancia aceptamos muchas cosas que influyen en nuestras decisiones, en nuestra vida. Lo que vivifica nuestra existencia, es la espiritualidad.
Los sacerdotes, muchas veces, a pesar de serlo, tenemos una espiritualidad que desentona con el evangelio. Al fin y al cabo, es espiritualidad, pero nos falta mucho. Eso sucede porque, querámoslo o no, estamos influidos por la ideología de nuestro mundo que es, como dice el Papa en el mensaje para celebrar el día de las misiones, “una mentalidad y un estilo de vida que prescinden del Mensaje evangélico y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales”.
Y, todos, quien más quien menos, estamos metidos en este cambio cultura, alimentada por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo dominante, como dice también el pontífice en el citado mensaje. Y nos sucede como con los olores, al principio notamos la diferencia y luego nos acostumbramos de tal forma que ya no nos damos cuenta. Así esta nuestra espiritualidad, esas son nuestras motivaciones, esos nuestros anhelos que están ancladas en lo material.
Somos católicos porque nos bautizaron, algunas veces vamos a Misa, decimos que creemos en Dios, pero nunca hemos tenido un encuentro personal con Cristo. Nunca nuestros criterios y nuestros anhelos han coincidido con los de Jesús. Así somos, cristianos sociológicos. Vivimos sin cristianismo, sin pasión, sin radicalidad, sin alegría; vivimos con una enorme mediocridad, somos cristianos por costumbre, por formalismo, por tradición. El apóstol Santiago en el capítulo dos, verso 19 dice “¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios creen y tiemblan. ¿Quieres saber tu insensato que la fe sin obras es estéril?”
La religiosidad supone la existencia de algo superior y así sabemos que nuestros pueblos prehispánicos eran profundamente religiosos. Pero una cosa es que una persona sea religiosa y que junto a su religiosidad tenga como valor principal los bienes materiales, la vida placentera y otra, que haya hecho una opción por Cristo y que su espiritualidad esté animada por los valores del evangelio; que cada día alimente su vida reflexionando en la palabra de Dios, orando y comprometiéndose con las causas comunitarias.
A unos días de que las reliquias de Juan Pablo II han pisado el suelo mixteco, aun recordamos que fue un hombre de entrega total, que siempre refirió todos sus actos al Evangelio de Jesús, que vivió una comunicación recurrente con el Maestro; por eso su estatura moral y espiritual fue extraordinaria. El grito de Juan Pablo II fue “¡No tengan miedo de abrir las puertas a Cristo!”, escuchemos ese grito.

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