LOS CRITERIOS DE DIOS Y LOS NUESTROS
El domingo 18 de septiembre lo pasé reflexionando en la parábola de Jesús, la de Mateo 20, 1-16, la que habla de aquel hombre que contrató obreros a diferentes horas y luego, al caer la tarde, les pagó a todos un denario por igual. La lección más obvia que encontré es que Jesús quería darnos a conocer el modo de pensar y de actuar de su padre.
Modo de actuar muy, pero muy diferente, a nuestro modo de actuar. Nosotros medimos por el tiempo, por las distancias, por el caudal de energía invertido, por la sapiencia requerida para el trabajo; Dios nuestro padre nos confunde porque tiene otros criterios para pagar: la gratuidad, el amor, la dádiva y, quizá, la necesidad del trabajador. Por eso pensamos que el evangelio de Jesús no se ajusta a nuestros parámetros.
Así me expliqué el que Jesús haya mandado al buen ladrón al cielo si darle un tiempo razonable para purgar sus latrocinios. O el que Jesús haya defendido a una mujer pecadora, cuando el barbón Simón la satanizaba en su mente. Jesús dijo: “Se le perdona mucho porque ha amado mucho”. Jesús no requería ninguna calculadora para tomar sus decisiones. El criterio que utilizó siempre fue el amor.
Lo que caracterizaba al maestro de Galilea era la bondad, la generosidad, la ternura sin más condiciones; así, desde esta óptica, encajan muchas palabras que nos guardan los evangelistas: “Dad y se os dará, una medida bien sacudida en los pliegues de su túnica”. Al Maestro le gustaban las actitudes leales, limpias, sin hipocresías, sin remilgos; Sus parábolas tienen el tinte incomparable de la generosidad, la belleza encantadora del amor, de la valoración de la persona humana.
El sistema capitalista nos ha hecho duros, preocupados de nosotros exageradamente e indiferentes con el hermano. Cada quien busca lo suyo, cada quien se rasca con sus uñas, cada quien su proyecto, cada quien sus cosas, cada quien su vida placentera. En la humanidad tendría que existir un equilibrio entre el interés personal y el interés comunitario. Ese es el camino que nos marcó Jesús en el evangelio. “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos…”
Si aprendiéramos en los hogares a ser atentos, generosos y respetuosos con nuestros semejantes, tendríamos una humanidad nueva, “hecha a imagen de Dios”. Si los padres de familia le enseñaran a sus hijos a valorar y a amar a las personas por ser tales, tendríamos otro horizonte paradisiaco. Desgraciadamente en los hogares se enseña a los hijos a ser creídos, pagados de sí, engreídos y ávidos de bienes materiales. En esa forma de educar está la raíz de todos nuestros problemas.
La vida humana es breve y penosa porque nosotros la hemos teñido de angustia, tejido de conflictos, amasado con indiferencia. Dios hizo un mundo hermoso para sus hijos y nosotros hemos puesto avaricias, codicias y miserias. Es tiempo de volver al Evangelio de Jesús, es tiempo de nutrir nuestro espíritu con el Espíritu de amor; ¡Nos hace falta el Evangelio de Jesús!
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