ME VOY, PERO NO ME VOY; ME VOY, PERO NO ME AUSENTO: JUAN PABLO II
Pbro. Porfirio Franco Ortiz
Juan Pablo II fue un santo. Recuerdo que al inicio del milenio su grito pregonero fue: “No tengan Miedo: Abran de par en par las puertas a Cristo”. Era un enamorado de Cristo, tenía el Espíritu de Jesús. Alguien me preguntará ¿y en qué se nota que tenía el Espíritu de Jesús? En su talante, en su carácter, en sus gestos, en sus obras.
Sólo una persona llena del Espíritu de Jesús era capaz de perdonar de corazón a quien intentó quitarle la vida. Solo una persona llena del Espíritu de Jesús hace oración después de tener un día ajetreadísimo. El rostro de Juan Pablo era apacible, lleno de sencillez, diáfano y luminoso, rostro como de santo.
Tenía el Espíritu de Dios. Sus discursos, sus ademanes, su carisma avasallador estaban llenos de Dios. Juan Pablo II hizo de su existencia una total ofrenda a Dios, a la Iglesia y al hombre. Poco a poco, en su vida, fue asimilando el Espíritu de Dios; se fue transformando por el Espíritu de Dios hasta lograr hacerse portavoz de Dios. Así, se convirtió en el profeta del final del milenio y en el Moisés que abrió cause a la Iglesia peregrina en el milenio entrante.
Amó a México como a su segunda Patria. Y dijo cosas hermosas de los descendientes de la raza Anáhuac, pero supo, con valor, manifestar su “lamento” paternal por la indiferencia y falta de respeto de muchos por los valores trascendentales de la persona humana, de su dignidad y libertad, de su derecho inviolable a la vida y del don inestimable de la familia. Factores, estos, que progresivamente han hecho que cada vez más se maltrate la verdadera identidad del pueblo mexicano.
Juan Pablo II fue el gran profeta que supo defender la dignidad humana, que reclamó los derechos del pobre, el respeto a los hermanos indígenas, la justicia social, la práctica de la solidaridad, la búsqueda del bien común y de la paz. Si tal fue su ideario, Juan Pablo II fue el hombre providencial, el santo que la humanidad requería en este principio de siglo. Siempre requeriremos hombres llenos del Espíritu de Dios que nos lleven por los caminos de paz.
Karol Wojtyla, el primero pontífice no italiano desde 1523, apenas salió a los palcos pontificios el 16 de octubre de 1978, inició su recorrido por todo el mundo. Visitó 129 países en 104 viajes, un promedio de 4 por año. Saludó, besó, bendijo a millones de feligreses. Fue un santo misionero que llevó el mensaje cristiano a los más recónditos lugares; visitó países pobres y ricos, comunistas (como Cuba) y ex comunistas (como su natal Polonia y los países Bálticos). Nunca viajó a Rusia y a China por la intransigencia de sus mandatarios.
El beato Juan Pablo II, lleno del Espíritu de Dios y llevado de su anhelo evangelizador, entendió la globalización y el poder de los medios de comunicación social, particularmente de la televisión. Gracias a su poder mediático, se convirtió en celebridad mundial para llegar incluso a los no católicos. A parte de los incontables seguidores que viajaban a verlo en sus visitas, millones de televidentes lo contemplaron fascinados desde sus televisores.
Las reliquias del Beato Juan Pablo II pronto vendrán a Huajuapan. Es ese acontecimiento un testimonio de la trascendencia de la vida humana y de la fuerza del Espíritu de Dios. Su sangre, su sangre coagulada es garantía de su presencia, de su impronta en este suelo mexicano… Bendito sea el Señor que ha hecho presente su Espiritu en su siervo Juan Pablo II.
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